lunes, 12 de mayo de 2008

La imagen y la religión



LA IMAGEN RELIGIOSA




IMAGEN (del latín imago, -inis).
  1. Representación de un objeto en un dibujo, pintura, escultura, etc. Particularmente de una persona. Específicamente, de Dios, la Virgen o los santos.
  2.  representación figurativa de un objeto en la mente.
  3. Descripción muy real de una cosa.
En un inicio, las imágenes se hicieron para evocar la apariencia de algo ausente. Con el tiempo, fue claro que estas imágenes podían sobrevivir al objeto representado y por lo tanto podían representar al objeto en sí y cómo éste había sido percibido.

Este aspecto resulta clave para entender el papel que tiene la imagen religiosa, ya que Dios, la Virgen y los santos visiblemente ausentes, se hacen presentes y se dan a conocer por medio de la imagen.

Según el Concilio Vaticano II, “Las imágenes sagradas son una traducción iconográfica del mensaje evangélico, en el que imagen y palabra revelada se iluminan mutuamente”. Obedecen a determinados propósitos y no están hechas al gusto propio del artista, ya que se deben apegar lo más posible a lo que la Sagrada Escritura dice o a la vida de los santos.

En la religión católica, la contemplación de las imágenes sagradas ayuda a la oración y su función principal es introducir  a las personas al misterio de cristo; son un puente entre lo terrenal y lo divino. Sin embargo cada una tiene su historia y veneración particular que se basa en acontecimientos relacionados al santo.

Estas imágenes jugaron un papel fundamental en la Nueva España y se hicieron presentes desde un inicio. Ejemplo de ello es la evangelización, en donde las distintas órdenes –a pesar de cada una tener su propio estilo- coincidieron en utilizar las imágenes religiosas para enseñar a los indígenas la doctrina católica, ya que no  compartían ni el mismo idioma, ni la misma cultura, ni la misma cosmovisión. Debido a esto, las imágenes jugaron un papel primordial para poder explicar a los indígenas de manera más sencilla la religión católica y hacer presente a Dios, la Virgen, los santos y sus historias.

Para lograr la evangelización, se necesitaba de un gran número de imágenes religiosas. Debido a este gran número de imágenes requeridas  y por ser el medio de comunicación por la diferencia de idioma, la imagen como grabado fue una de las razones para el establecimiento de la imprenta en América.

Desde otra perspectiva el Papa Gregorio Magno, mencionó: “para aquellos que no saben leer, la pintura es lo que son las letras para aquellos que sí saben leer”. Lo ubicamos bajo el contexto sociocultural de la edad media en donde la población era en su gran mayoría analfabeta y por tanto, el recurso de la imagen era el camino más adecuado para poder evangelizar el cristianismo.

El fundamento teológico del icono para la Iglesia Católica, comprendiendo su creencia y coherencia es:
El primer fundamento teológico del icono es precisamente la Encarnación del Hijo de Dios. El Dios invisible se hizo visible y habitó entre nosotros. La iconografía es posible debido a la Encarnación. En las palabras de San Juan Damasceno, uno de los principales defensores del icono en el siglo VIII, “En la antigüedad Dios el incorpóreo y no circunscrito no fue representado en imágenes. Mas ahora que Dios ha aparecido en la carne y ha vivido entre los seres humanos, hago una imagen del Dios que puede ser visto”. Del mismo modo, el VII Concilio Ecuménico habla de la ausencia de íconos de Dios Padre, quien no se encarnó, y por tanto no fue visible; por ende, no debe ser representado.

Además de ser posibilitado por la Encarnación, el icono da testimonio del resultado de la Encarnación, que es la deificación del ser humano, la experiencia de los santos. Se encuentran estas dos ideas afirmadas incluso en la oración prescrita para la bendición de un icono.

El Concilio de Calcedonia afirmó la unión hipostática de las dos naturalezas, la divina y la humana, en la persona de Jesucristo. “El icono muestra la Persona del Eterno Logos encarnado, no simplemente su humanidad separada de su divinidad”. Es así, entonces, como el icono comparte el misterio de su humanidad y su divinidad.

Un segundo elemento que se debe considerar en el fundamento teológico es el de la Transfiguración. El icono no busca hacer una representación física de la persona pintada en él. No es un retrato, sino que quiere mostrar la vida transfigurada de la persona, su vida como ha llegado a ser iluminada por Dios, con la luz del Tabor, la luz de la Transfiguración de Cristo. Este concepto de lo transfigurado está expresado por un teólogo ruso del siglo XX: “Los íconos no son simplemente pinturas. Son manifestaciones dinámicas de la capacidad espiritual del ser humano de redimir la creación mediante la belleza y el arte... son promesas de la victoria que ha de venir de una creación redimida sobre la caída... la perfección artística del icono no es simplemente un reflejo de la gloria celestial… es un ejemplo concreto de materia restaurada a su armonía y belleza originales y sirviendo como vehículo del Espíritu. Los íconos son parte del cosmos transfigurado”.

Por tanto, los iconoclastas destruían las imágenes y perseguían a quienes las venerasen. Mientras que el culto católico justifica su uso bajo la premisa de que no se dirige a las imágenes en sí mismas como realidades, sino que las mira bajo un aspecto propio de imágenes conducentes a Dios encarnado, o sea, el movimiento que se dirige a la imagen en cuanto tal, no se detiene en ella, sino que tiende a la realidad de la que es imagen.


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